Y se repartieron los naipes. El hombre obeso inhaló el humo de su cigarrillo. Sólo permanecen los jugadores que son capaces de descifrar miradas, gestos y movimientos con precisión. Siempre seguro, el francés recién llegado abandonó el juego al ver la mano que le repartió el dealer. "El deseo de Clara" sonaba al fondo. Y en el fondo estaba él pensándola quizá recordando aquéllos días, la soledad y las ganas de salir de casa para ser otra persona. Ahora estaba atrapado en el mundo sin poder ser alguien más. Luis Nahdalgo miraba sus cartas, apostaba, pendiente a veces de lo que sucedía en su habitación. Le duelen las palabras pues no escribe más. Y sus pensamientos no son inteligibles. Y él no es como ella. Entonces él apuesta todas sus fichas y la mira salir de la habitación. Ella sube a encontrarse con varios amigos al segundo nivel, para agarrar las copas a gusto. La partida se extiende no más de lo debido y el hombre obeso se queda con todas las fichas. La música se detiene en la planta baja, pronto la planta se vacía. Quedan sólo el sonido de rítmos cubanos y risas ocasionales de arriba. Mañana es día laboral. Platica un rato con el francés. Un rato, bebe lenta pero constantemente. Se vuelve pesado. Regresa a su cuarto vacío. Así es como regresa. Se duerme. Luis, tan lleno de nada. Duerme tranquilo. Respira hondo. Ronca. Pasan las horas. Ella irrumpe en el cuarto rozando las cinco de la mañana, azota la puerta y entra emitiendo sonidos extraños, forzados, como si volviera el estómago sobre el bote de basura. Forzado. Y él piensa: "Es inútil... ciertamente ahí vas... pero en ese bote no cabes." Desea con todas sus fuerzas estar en otra parte. Quiere una salida de emergencia y saltar del avión a diez mil pies de altura, romperse todas las piernas y renunciar a las lecciones de vuelo. No voltea, se duerme... a la mañana siguiente se levanta todavía mareado, toma sus cosas. Toma todas sus cosas y se va a trabajar.
