octubre 23

Mis dientes

    Abrí la revista y no tenía mucho tiempo de estarla hojeando cuando me topé con tu nombre completo. Fue en la sala de espera, antes de pasar a mi cita con el dentista. Lo recuerdo porque tiempo después comenzaron los apagones en la calle. Lo recuerdo porque cuando se volvieron frecuentes y más largos supe con total certeza que era poco probable que te volviera a ver y eso por alguna razón, me hizo sentir incómodo. Supongo que también lo recuerdo porque al terminar de leer tu artículo me dieron ganas de escribirte. Pero no, lo más que llegué a hacer fue enviarte una solicitud de contacto en alguna plataforma laboral.

    La semana siguiente comenzaron los apagones y no fue sino hasta el tercer día de encierro que entendí que tal vez no debí haber ido al dentista. Tampoco tenía muchas ganas de salir, había mucho ruido afuera. Y la verdad es que no salía del departamento a menos que fuera absolutamente necesario. No era comer atún todo el tiempo lo que me molestaba, tanto como abrir las latas. La luz que entraba por las ventanas y por las cortinas era lo peor porque me quemaba los ojos. Eso y el dolor de cabeza. El dolor de cabeza y los gritos de la calle. Ni siquiera en las noches me asomaba por las ventanas, porque además la visibilidad era muy limitada, apenas se alcanzaban a distinguir autos abandonados y algunas sombras.

    A medida que la luz del día se volvía más intensa, comencé a pegar papel periódico en los vidrios de la ventana. Luego empecé a pensar que no tenía ningún sentido haber ido al dentista, ni haber abierto esa revista, ni haberte enviado ninguna solicitud. Más que nada, no tenía sentido porque me seguían doliendo los dientes; me dolían casi todos y antes sólo me dolía uno. Antes de abrir la revista, apenas recordaba tu nombre. Apenas lo recordaba y eso que fuimos a la misma primaria, misma secundaria, misma prepa y finalmente a la misma universidad. En todos esos años nunca nos dijimos nada. Y por eso no tenía sentido haber encontrado esa revista.

    Cinco días después amaneció nublado. Las calles estaban tranquilas y casi vacías. Me estaba mirando en el espejo cuando sucedió; pasé mis dedos sobre los dientes y uno se desprendió. Lo miré girar en círculos sobre el lavabo antes de desaparecer en el desagüe. Segundos después, cuando volví a tener recepción en el móvil, lo primero que entró fue la notificación de que habías aceptado mi solicitud. Obviamente, no he vuelto a ir al dentista.