30 de diciembre

   Ese día Rubén se levantó con la neblina en la cabeza. No tenía nada que ver con alguna real o ficticia intoxicación etílica, era su desbalance permanente; ese sí, nada imaginario. Hay quienes piensan que el desbalance de una persona ocurre cuando es incapaz de crear un equilibrio entre las diferentes esferas de su vida. Sería correcto afirmar que él era completamente capaz de alterar y crear un caos en cualquier esfera de su vida, por lo que siempre pensó que el término "desbalance" propiamente y por decirlo así, nunca le aplicaba. No era que hoy fuera un día particularmente especial, simplemente tomaba el sol de la tarde y disfrutaba de la vista hacia el patio: toallas tendidas. Luz de tarde fría. Morada. Sol de Invierno. Esta vez el perro salchicha no se orinó dentro de la casa, no tuvo que limpiar el sofá ni hacer caras de enojo. Se preguntaba cuándo llegaría el agua. Muchas llaves, nada de agua. Rubén Postrado acaso tendría que improvisar nuevas maneras de jalarle al baño... lavarse los dientes con cocacola y hacer gárgaras con limpiapisos. El baño comenzaba a despedir un extraño olor y su color palidecía con los días por lo que se dispuso a regar más seguido las plantas. Recordó las últimas veces. Sí, a ratos la sequía se deja sentir... tenía miedo de que otros inquilinos en la casa se desquiciaran en cualquier momento. Extrañaba los días en los que el futuro no era tan incierto. No estaba seguro, pero a veces, cuando se quedaba solo, pensaba que alguien había tomado el diccionario y borrado esa palabra, alguien así como un pinche extraño enemigo. En ese momento una inquilina vociferó algo acerca de que tenía que orinar. Rubén volteó y su vista se clavó sobre la torre de platos sobre el fregadero. Y todo volvía a empezar.