5 de mayo


   Las mañanas solitarias en la habitación que compartiste el verano del 2002 en Vallarta. Las ideas de canciones que esbozaste en servilletas y grabarías hasta el siguiente verano, después de un viaje introspectivo e inesperado hacia el sur de la república.

   Asi. Y casi tan lleno de mañanas tristes como hace diez años. La humedad y el olor particular cuando el sol se asomaba. El contraste con el sol rojizo de las tardes en que regresas y pasas frente a la terminal de camiones. En esta ciudad que huele a excremento. El camino tantas veces recorrido. Tus medias tardes leyendo periódicos en algún café barato del centro de la ciudad con la esperanza de que esta vez tu guitarra realmente tenga el timbre que por tanto tiempo has estado buscando... pero secretamente aceptar que la squier tele de segunda mano que compraste a precio de ganga en tasqueña y luego reparaste por menos de trescientos pesos sigue siendo la que reproduce mejor los sonidos que imaginas.

   Los años perdidos. Nunca cayendo en la trampa de salir en busca de ese tiempo perdido. El camino empedrado que lleva al número setenta y siete de la calle de Espíritu Santo. Donde a veces por las noches te acosaban pesadillas. Sueños que a nadie nunca le has contado. Sueños en los que descubres, al lavarte los dientes, que tu reflejo está ausente mientras intentas verte desesperado en el espejo y entonces despiertas aterrado. Sueños que ya no tienes tras tu última operación. Y aquél cuatro de julio en Atlanta cuando descubriste las maravillas de la hormona de tiroides disecada y pudiste finalmente disfrutar del gran desfile, juegos pirotécnicos, aviones, todo. Después de el gran esfuerzo, lo habías conseguido. Si Villoro tiene una historia donde admite haber crecido en una colonia donde el éxito consiste en precisamente salir de ahí... tu en ese momento medías enormemente el éxito en la capacidad de salir de una región un tanto más grande: el país. El tercer mundo. Pero poco te imaginaste que al día siguiente estarías ya haciendo planes para tu regreso a la Ciudad de México. Y después... las horas largas y solitarias en tu cuarto haciendo ejercicios con tu pierna en recuperación. Los primeros días en Espíritu Santo, en que te levantabas para trabajar hasta Toluca cuando todavía no podías caminar del todo bien, levantarte en la mañana trasnochado, salir del baño y secarte con un sweater porque no tenías toalla. Hacer como que trabajabas y llegar a la casa a las diez, encontrar la casa hecha un desmadre, servirte una copa y tragarla de fondo para después practicar con aquél francés que te enseñó las reglas del blues... reglas que inmediatamente apropiaste y aún te acompañan en todas tus sesiones. Como dije, encontrar la cocina hecha un desmadre y ese pinche francés fumando y tocando "Blackbird". No tenías dinero ni para una comida corrida. Un año después sentir que es otra vez tu camino y tu tiempo. A poco de romper el récord de no actividad creativa retomas el camino. Las horas perdidas en tus desplazamientos inútiles casa/oficina. El día en que sin querer algún vendedor con radio en la mochila tocó una canción que se quedó en tu cabeza aún cuando él ya había descnedido y sin querer hacías el ritmo con tus manos y la muchacha de frente de ti comenzó a titubear la melodía. Y la volteaste a ver como si te hubiera leído el pensamiento. Te sontrió. Fue un momento realmente íntimo entre ustedes. Y te acordaste de la anécdota de Paul Auster cuando a sus veinticuatro años sin querer le platica a una prostituta con la que recién se acostó, que él se dedica a escribir poesía y en vez de mirarlo con despecho, ella comenzó a recitarle Baudellaire de memoria. Tu cuaderno de espiral a manera de log donde registras los sucesos de los días, aquél que ni siquiera te molestas en esconder en la oficina y que está al alcance de todas las manos como dirían por ahí.

   Tus tardes de mayo en el patio trasero de la casa donde murió tu abuelo. La casa que solías frecuentar en tu soledad para emborracharte, tocar y antes de perder la conciencia, quedarte dormido abrazando el colchón de tu abuelo. Por fin decidiste ponerle sillas a la mesa, sentarte a leer el periódico y asombrarte con el diario de Kerouac donde afirma que a los 25 años escribía 2500 palabras en una noche. Tratas de pensar cómo se compara eso con lo que puedes hacer tú con un instrumento musical pero es como tratar de comparar peras con manzanas. Sabes que a veces cuando tomas café de la olla, la piensas. Estás consciente de que hay pocas fuentes de inspiración tan eficaces para tí. Temes perder creatividad. Piensas que es ridículo pensar así, pero igual lo piensas. Preparas en la semana tu clase modelo sobre algoritmos que es requisito formal para formar parte del mundo docente, aunque de antemano sabes que ya estás dentro. Compras nuevos libros de ciencia ficción y buscas frenéticamente aquél con el que empezaste la larga travesía, pero no lo encuentras. Ya no se publica. Ya no vende. Y también recuerdas cómo tu último año de carrera los únicos libros que sacaste de la biblioteca fueron de ese tema y no precisamente de algoritmos. Terminas con ganas de olvidar lo acontecido el día anterior en la colonia portales, con ella. Con todas. Realmente te preguntas si el problema no es que te has vuelto total y completamente incapaz de amar. Y dejas que suene el disco. Y dejas que las imágenes de Baraka en tu proyector llenen tus pupilas. Y tratas de seguir respirando porque esa es la persona que tu eres y no puedes ser otra cosa.

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