Y a Juan le dio emoción pensar en tener más tiempo para sí. Se imaginó que no sentiría más el aire sobre su cabeza. Se imaginó que los días eran más suyos, menos pesados y más enteramente suyos. Pensaba frenéticamente en retomar su línea, tomar algunos cursos y entre otras cosas, volver a los talleres de teatro.
Una a una, Juan vió desaparecer las librerías del centro de su barrio. Desaparecieron todas, primero no pudieron pagar la renta, más tarde aparecieron ahí otros negocios. Él siguió leyendo mientras todos sus autores mostraban cierta preferencia por saltar al otro lado. Sin excepción. Y Juan pensaba: La vida siempre sucede en otra parte. ¿Dónde es eso? Luego se enteró que la casa donde tomó sus primeros cursos de actuación fue extrañamente arrebatada de las manos de la familia Azar. Lo leyó en un diario, no fue precisamente un reportaje, sino una columna ciudadana. Juan lo sabe, el país está condenado. Lo está en todos sus frentes, pero por encima de todos esos lugares, por la retaguardia. Juan a veces se imagina atravesando el Atlántico en un barco de carga entre pescados solo y con frío. Juan sabe que no puede vivir en un pueblo en donde se exterminan las bibliotecas y son sustituídas por academias de baile de tubo. Un lugar en donde ser prostituta es lo mismo que ser artista. Y los únicos artistas que hay se acaban prostituyendo. Por eso, Juan hace como que vive. Juan hace como que bebe, como que come. Juan hace como que trabaja. Juan hace como que habla y como que se comunica. Hace como todos.
Juan era mi mejor amigo. Lo acompañé a la tiendita de la esquina hace quince días a comprar unas palomitas. Íbamos a ver unas pelis. Un escuincle con pistola se bajó del asiento del copiloto de un Neón gris y nos asaltó. Pensé que eso era todo, pero cuando se subió al coche el otro tipo le dijo que le diera el plomazo y se pelaran. Así sucedió. El tipo disparó y mientras Juan caía al suelo vi el coche desaparecer en la calle. Una semana más tarde, de entre las cosas de Juan rescaté un libro del Maestro Héctor Azar. Por lo demás creo que a Juan le fue de güevos. Tú y yo seguimos aquí.
