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junio 16

   El día que me lo contaste nos habíamos quedado de ver ahí. Y aunque pedí lo mismo de siempre, no recuerdo que la comida de ahí fuera tan buena. Nunca tan buena como ese día. No estuviste de acuerdo y dejaste tu plato a la mitad. No se si comías lento porque no te gustaba la comida, porque tenías muchas cosas que decir o porque no te cayó bien mi reacción en general. Tenías mucha prisa de ir a probarte el vestido de novia.
   Ya en la noche yo iba de salida, fue una semana pesada hasta el final. Comencé con un tequila. Pedí otros mas, hasta que terminé en un una esquina de la cama. Y ella hizo muchísimo ruido. Demasiado para mi gusto. Pero siempre acaba igual y al final estaba completamente en silencio al otro lado del colchón. Todos los sonidos cesaron, pensé que me reventaban los oídos. Era como si hubiéramos muerto. Escuché los pasos de alguien subir las escaleras para comprobar que ahí seguíamos. Yo la tapé y cerré la ventana, volví a mi esquina y miré el techo. Creo que no dormí. Al día siguiente mi reflejo parecía estancado en el espejo sucio. Como siempre, ella dejó una de sus medias. Después me enteré que uno de esos días tomaste carretera.
   No, no soy "El graduado". Yo esa semana fui innumerables veces al cine, cumplí varios años más de vida, visité a un médico general y entre otras cosas, también empecé a correr al aire libre. "Caminatas matutinas" al lado del viejo canal. Nada como encauzar los acontecimientos y contenerlos, verlos estancados o canalizados. Nado libre y pienso: Tal vez deslizarse sobre ellos, en una balsa o en canoa. Nada como ver a todos pasar y a la vez caminar junto al gran canal. Me detuve a contemplar mi reflejo en el agua estancada. Me saludó de reojo sobre el agua sucia. Nada como las caminatas matutinas para sintonizar uno de esos estados mentales tan escurridizos, de lo más correctos, de los más recomendados. Dejé de hacer brain zappin' y entonces lo escuché.

junio 9

   Entré a la cabina del trigésimo tercer vagón preguntando por la persona que ocupa el mando. ¿Quién es ese imbécil que insiste en contar? ¿En cantarme los números? ¿Por qué insiste en celebrármelos?, por mas que le he dicho que en realidad lo milagroso es que la tierra siga girando sobre su órbita precisa.
 
   Me explicaron que el piloto de mando seguía atorado en la estación anterior y que nadie sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Nadie sabía tampoco cuándo iba a salir, si acaso salía. La pregunta entonces era evidente: ¿Quién es este farsante que continúa contando aunque yo ya no estoy ahí? "Piloto automático, señor." me respondieron. Si, eso era posible, todos tenemos uno.
 
   Abrí la puerta de la sala de controles y noté que la palanca de marcha estaba en modo subjuntivo pluscuanperfecto. Había varios diferentes modos y demasiados botones en el tablero. ¿Cómo putas saber la configuración correcta? "Presente indicativo, señor." los escuché decir. Moví con gran esfuerzo la palanca, parecía trabada. Luego de cambiar el modo, la palanca temblaba pero la marcha adquirió mas velocidad y casi vuelvo el estómago por la inercia. "Sujétela firme, señor."
 
   Inmediatamente después de realizar el ajuste, uno de ellos se acercó a mi y me entregó una carta del piloto atascado en la última estación, a propósito del número cuarenta y dos. Le eché un vistazo rápido, el documento parecía auténtico. Anexo copia. ¿De dónde salió esto? "De la estación anterior, señor." ¿Y cuál era esa? "Estación de paso, señor." Una alarma comenzó a sonar. ¿Y ahora qué pasa? "Nos acercamos a la siguiente estación, señor." ¿Y cuál es ésta? "Estación por venir, señor." Me quedé pensando, apretaba la palanca. ¿Qué? ¿Cómo dices?


Nota*: Lo mas parecido es la #41.

enero 17

   Antes de que la crisis tomara proporciones épicas, fui invitado a un recorrido express en lo que ahora se conoce como los refugios subterráneos. Invitación que naturalmente rechacé. En ese entonces, nadie esperaba que el virus influenza A subtipo H1N3 tuviera una mutación particularmente letal. Supe, tiempo después y por una fuente interna, que los refugios fueron incapaces de contener la epidemia. 

   Los eventos que me llevaron a tal invitación se remontan a días antes de que cesaran por completo las transmisiones de televisión. No fue problema volver a usar mascarilla, era algo que ya se había ensayado en anteriores pandemias. Fue entonces que empezaron a pasarme cosas realmente extrañas, casualidades, por así decirlo. Lo recuerdo porque el tipo de casualidad era algo sin precedentes hasta aquel momento. Por ejemplo, en menos de una semana me topé con tres personas que se llamaban igual que los personajes de mis textos. Esto no fue tan sorprendente como el hecho de que hasta compartían ciertos rasgos y características físicas con los personajes imaginarios. Varias veces pensé que estas cosas eran producto del shock o estrés postraumático. Después se me ocurrió que alguien había conseguido finalmente echarle mano al archivo de configuración universal que rige las leyes del espacio y del tiempo, saboteándolo definitiva e irreversiblemente. En ese entonces yo, como la mayoría, era una persona sumamente ingenua.

   Como me explicaron mas tarde los mismos sobrevivientes, las cosas eran mas sencillas de lo que parecían. Lo digo así porque de la gente que me topé, aparentemente por casualidad, todos resultaron ser actores profesionales. Así fue como uno de ellos me presentó conmigo mismo. Al menos así lo interpreté, pues dijo que se llamaba igual que yo. Me propuso participar en un viaje express que, te repito, rechacé. En fin, pasaron muchas cosas, sin embargo en retrospectiva, existen suficientes elementos para afirmar que no es solo posible, sino probable que los grandes desastres que redujeron la población mundial en un 98%, así como sus similitudes con las profecías bíblicas, fueron deliberadamente planeados y ejecutados con incalculable precisión.

Ensayo pandémico