Me propuse economizar. Fue tal mi empeño que decidí comer solo una vez al día. Reduje considerablemente mi
talla. Al cabo de una semana descubrí que las cáscaras de limón también son comestibles. Decidí invertir en eso...
cáscaras, envolturas, etc. Pero pronto dejé de ingerir alimentos sólidos y mis prioridades cambiaron. Dejé de hablar para
aprovechar mejor mis energías. A veces rumiaba, otras veces gemía. Cuando todavía me movía, en internet leí varios
anuncios de gurús de la alimentación vegana. Algunos de ellos, los mas interesantes, aseguraban que un hombre es capaz de
vivir perfectamente de la pura respiración. Decidí dejar de inyectarme capital y dar el siguiente paso, en aquéllos días
yo era un hombre de fé. Reduje considerablemente mis gastos. En un último suspiro, me aferré a la idea romántica de vivir
del puro aire. Era muy caro soñar, por tanto dejé de dormir. Tenía que ahorrar. Tiré las cortinas de mi habitación del
tercer piso a la basura y comencé a abrir las ventanas no solo durante el día, sino también de noche. Con la ayuda de un
metrónomo y después de mucha práctica, mi respiración finalmente se volvió rítmica. Pasaba horas
enteras en posición de loto esperando la mañana. En pocos días mi cuerpo desarrolló una especie de fototropismo positivo.
El vidrio estorbaba. Mis miembros se alargaban cual ramas. Fue cuando tomé la decisión de deshacerme de las ventanas, en
la espera de que, cortando los intermediarios, yo recibiera los beneficios de asimilar los rayos solares de manera mas
directa. Para no distraerme, imprimí varias cartulinas que afirmaban sin lugar a dudas: "El ritmo lo traigo yo." Las
coloqué por toda la casa, para no olvidar verdades que son evidentes en sí mismas. No estoy seguro cuándo llegó el último
suspiro, ni en qué tiempo cayó, pero ese día los médicos comprobaron que anteriormente yo solo había ingerido aire.
Parecían asombrados. Descubrieron que el cese de procesos fisiológicos y espirituales en mi interior, era un
acontecimiento completamente natural. Como se trataba de expertos profesionales excepcionalmente creativos en este ramo
del conocimiento, habían inventado ya una palabra lo suficientemente precisa en su diccionario para nombrar el evento que
presenciaban. Al parecer, un acontecimiento frecuente y del todo común. Después, a manera de registro, redactaron un
documento que hacía explícito lo ya sabido. Lo sellaron, le pusieron fecha y una que otra firma. El proceso terminó allí,
pues yo no contaba con un seguro de gastos funerarios. En fin, todas esas cosas no me molestaron, sino que mas bien
reforzaron la idea de continuar con mi noble propósito.



