noviembre 28

   Escoger una pinche gran televisión, como ese tristemente célebre personaje que luego irónicamente se convierte en jedi, el Renton. Despertar todo un Rentón treintón, barba de tres días... y todas las cosas que no saben a nada. Escoger una de esas televisiones grandes, como la de mi amiga en la que la semana pasada quemó veinte grandes. Una pantalla capaz de generar cualquier contenido en tres de. Par de lentes incluídos. Bienvenido al siglo veintiuno, o a la quinta dimensión, es lo mismo. Y luego como que me pregunto si en realidad seré tan poco confiable como me dicen por ahí, antes y después. Impredecible. Y me miro en el espejo y hasta creo que sigo siendo el mismo y puedo predecir mis gestos. Quizá no. Luego hasta me platican que existe un manual para explorar la jungla. Qué risa. Nada como la gente en el vagón. Pero volteo y veo sólo el mapa de las rutas del metro mientras pienso que esa es una historia que he escuchado miles de veces. Pinche disco rayado, ¿no? El mismo viejo discurso tan repetido, generación en generación. Nuevas bocas repitiendo las mismas necedades. Same sheet different day. Huelga de hambre. Y me recuerda hasta la letra de una canción. En realidad lo único que sí es un pecado es dejar de ser lo que uno es. La mera verdad. No quiero saber de facturas incobrables.


17 noviembre

   Y es que si alguna vez llego a tener hijos, solo espero que nunca se caigan de un tercer piso. Supongo que con eso me basta, todo lo demás en realidad da lo mismo. Lo mismo aplica para mí: Seguir el simple truco de mantenerme lejos de barandales. Pero también se que es inútil contar con estos instructivos y guías de viaje, pues en realidad a veces los barandales tropiezan con uno.

   Trato de no pensar en las despedidas. Trato de ser un pasajero más a hora pico, uno más que aborda y se pierde entre la masa. Es lo mejor. Creo que ese día me pegué muy fuerte en la cabeza... desperté hablando de puras tonterías y cosas raras. Pero ahora que lo pienso... sigue siendo igual.

noviembre primero

   A Juan siempre le han gustado las ruedas. Desde la rueda de su primer triciclo hasta la rueda de la fortuna, pasando por las ruedas de su moto. A veces, cuando todavía le alcanza el día, Juan toma su monociclo y se para en la esquina a hacer una que otra gracia. Hoy Juan estaba en lo suyo, dominando su vieja rueda mientras coordinaba los movimientos de las manos para malabarear.

   Antes de que se pusiera el siga, Lalo cambió el disco y exhaló humo azul por la ventana. Luego suspiró, los pinos del malabarista y sus movimientos armónicos lo distrajeron y accidentalmente tiró la ceniza de su cigarro sobre el tablero. Esas cosas suceden. Recordó sin querer, cómo fue que aprendió a andar en bicicleta una tarde despejada y clara de noviembre, justo como esta; coger vuelo, mantener el balance, aplicar la fuerza necesaria, estirar y aflojar... los pedales pues. Qué buenos madrazos.

   Lalo no le dio nada a los indigentes. El semáforo se puso en verde y apenas le alcanzó el tiempo a Juan de quitar su monociclo. Pasó detrás de mí que estaba en el puesto de revistas comprando el Milenio antes de entrar a un café. Me senté y leí un rato. Unas chicas hablaban de trastornos psicóticos y esquizofrenia, otros de nada. En algún momento resaltó una canción del fondo...when i find myself in times of trouble mother mary comes to me... Esperé a que terminara. Esperé a que terminara la jornada laboral.

   Tiempo más tarde, entré en el túnel del subterráneo, bajé las escaleras, me precipité al borde de los andenes y voltée antes de abordar el vagón, voltée. Exactamente. Y es que, como en un sueño en el que no se puede ver el rostro de la persona, había un hombre volteado de playera negra a pocos metros. La playera negra, vista desde atrás, decía: let it be cierro comillas. No miento. Y quizá valga la pena subrayar... eran letras MAYÚSCULAS. Solo por si no había entendido el mensaje. Se me salió una risa. Gente entraba y salía, se arremolinaba. Yo casi pierdo el vagón solo por no quitarle la vista de encima a esa playera. En el último momento esquivé un monociclo; sin dejar de reirme estiré las manos y no dejé que se cerraran las puertas. Algunos pasajeros tosieron, otros me vieron raro o indiferentes, pero una cosa es segura: todos pensaron que estaba loco.

   Si los vagones tuvieran un interruptor de luz, lo hubiera bajado solo para comprobar que no estaba soñando. Tenía a la mano la palanca de auxilio, pero no lo consideré tan urgente. Luego recordé, a propósito de la luz, que de hecho es muy común que se vaya de pronto a esas horas y entre esas estaciones, dejando a los pasajeros a oscuras quizás entre 5 ó 10 segundos, me ha pasado. Claro que, no ese día. Pero recordé que hoy antes de bajar en el elevador de la oficina me llamó la atención que el foco se prendía y apagaba intermitentemente... además de emitir un ruido muy molesto. Quizás si supiera clave morse lo habría descifrado. Quizás. Aunque seguro eso no tenía nada que ver. Con nada. Obvio no.