julio 19

   Paso demasiado tiempo viendo las aves aterrizar desde mi terraza en el terreno de enfrente. Y es que a veces hace tanto aire que es imposible tocar tierra suavecito. Antes de sentir el jalón, cuando empezaron las turbulencias digamos que la situación era completamente "maniobrable". Como tenía varias horas de vuelo bajo el ala la neta es que decidí no apretar el botón de eyección. Preferí esperar a que terminara el mal tiempo. Además uno nunca sabe a dónde lo lleva la siguiente corriente de aire. No iba a insistir demasiado en aterrizar donde había fijado la vista. Un mes y medio, sin bronca. Más que eso quién sabe. Y es que en el último mes primero veía mariposas amarillas, luego no me asusté demasiado cuando empezaron a aparecer las negras, sólo me enfermé terriblemente del estómago. Quizá no lo tomé bien. No lo digerí. O tal vez literalmente me cagué. Porque la última vez que defequé de manera sólida todavía en medio de mi enfermedad (pinche cólera en los tiempos de Kundera) rompí la posadera del excusado de la oficina. El corazón no me dio ni para reírme. Todo por no eyectar a tiempo. Eyección a tiempo. Eyaculación todo menos eficaz. Hoy en la tarde hacía demasiado viento. Tanto, que las aves tampoco podían aterrizar. Sonreí mientras pensaba que estoy demasiado cerca de la tierra como para eyectar. Hace mucho que dejé de intentar hacer malabares con las aeromozas, así que lo único por venir es dejar ir y esperar que una última ráfaga de aire se apiade de mí y pueda mínimo tomar la pista correctamente. De lo contrario la nave, sobretodo las alas, se destrozarían más allá de una posible compostura rápida con el pinche mecánico local.

   Abigaíl, "La alegría del padre". Encontré una referencia en ese libro que tan desinteresadamente me prestaste, con rosas secas entre las páginas y una foto tuya tamaño infantil. Podría citarla, pero basta con que te diga que quien puso ese libro en tus manos te jugó una mala pasada. Tú lo pusiste en las mías. Y es como ese juego que jugaba cuando era niño, me pasas el libro y dices: "Tú las traes". Es casi como el kharma. Porque a pesar de haber bajado de peso, me siento todo menos más ligero. La página es la 137 y claramente dice que los hijos son la alegría de los padres. No voy a debatir si lo anterior es verdad o no, porque sería como pretender que tu nombre es una mentira y es todo menos eso. De hecho, antes que tú, nadie había llegado tan lejos. Tienes el récord de horas de vuelo. Los batiste todos, pasados y futuros. Si llego a tener una hija, tendrá tu nombre. Pero éso nunca va a ser, lo sé. Como también sé que la silla de madera que te aparté probablemente se pudra. Has de saber también que nadie le había dado un uso tan creativo antes que tú tampoco. Fue mi silla donde me sentaba a hacer las tareas en la primaria, hasta que luego simplemente pasó a ser el lugar donde me sentaba a grabar canciones. Su destino es pudrirse. Supongo que así debe ser, ese tipo de muebles no esperan a nadie, no esperan nada. ¿Recuerdas la silla? Tú y yo aquel día que pusiste tus dedos sobre mi boca y me miraste fijamente a los ojos en ese instante eterno que tú llamas "petite mort". Veníamos de ver la obra del ciclo de la vida, un musical de leones en Polanco. Esa fue la última vez que te vi.