mayo 27

   El otro día abrí la ventana y pude sentir el aire frío en la cara. Era uno de esos días en que uno no desea salir de casa. Bajé las escaleras y pude ver que los vidrios de la cocina junto al calentador estaban escarchados. El día estaba algo nublado.

   Sobre el fregadero estaba todavía la copa que compré en la semana. Al parecer son de los escasos productos todavía hechos a mano. La línea de la cristalería tenía como marca el nombre de un genio del renacimiento italiano y una nube. Una nube. Recuerdo que cuando pagué por ella el ticket decía: "Mille Fiori". Parecería un sarcasmo. Y mientras los demás hombres se pelean por regresar al útero, por regresar a casa o se encuentran empeñados en destruir su hogar... yo compro una copa para darme un gusto y recibo a cambio una broma anónima.


mayo 20

   Y a Juan le dio emoción pensar en tener más tiempo para sí. Se imaginó que no sentiría más el aire sobre su cabeza. Se imaginó que los días eran más suyos, menos pesados y más enteramente suyos. Pensaba frenéticamente en retomar su línea, tomar algunos cursos y entre otras cosas, volver a los talleres de teatro.

   Una a una, Juan vió desaparecer las librerías del centro de su barrio. Desaparecieron todas, primero no pudieron pagar la renta, más tarde aparecieron ahí otros negocios. Él siguió leyendo mientras todos sus autores mostraban cierta preferencia por saltar al otro lado. Sin excepción. Y Juan pensaba: La vida siempre sucede en otra parte. ¿Dónde es eso? Luego se enteró que la casa donde tomó sus primeros cursos de actuación fue extrañamente arrebatada de las manos de la familia Azar. Lo leyó en un diario, no fue precisamente un reportaje, sino una columna ciudadana. Juan lo sabe, el país está condenado. Lo está en todos sus frentes, pero por encima de todos esos lugares, por la retaguardia. Juan a veces se imagina atravesando el Atlántico en un barco de carga entre pescados solo y con frío. Juan sabe que no puede vivir en un pueblo en donde se exterminan las bibliotecas y son sustituídas por academias de baile de tubo. Un lugar en donde ser prostituta es lo mismo que ser artista. Y los únicos artistas que hay se acaban prostituyendo. Por eso, Juan hace como que vive. Juan hace como que bebe, como que come. Juan hace como que trabaja. Juan hace como que habla y como que se comunica. Hace como todos.

   Juan era mi mejor amigo. Lo acompañé a la tiendita de la esquina hace quince días a comprar unas palomitas. Íbamos a ver unas pelis. Un escuincle con pistola se bajó del asiento del copiloto de un Neón gris y nos asaltó. Pensé que eso era todo, pero cuando se subió al coche el otro tipo le dijo que le diera el plomazo y se pelaran. Así sucedió. El tipo disparó y mientras Juan caía al suelo vi el coche desaparecer en la calle. Una semana más tarde, de entre las cosas de Juan rescaté un libro del Maestro Héctor Azar. Por lo demás creo que a Juan le fue de güevos. Tú y yo seguimos aquí.

16 mayo

   Hoy me pregunté qué pensarán los chicos de sistemas cuando tengan que borrar los archivos de un exempleado de la compañía y se topen entre sus documentos una versión digital de Mein Kampf. ¿Lo tacharían de racista? ¿Antisemita? Quizás solo era un empleado curioso, después de todo hay otros archivos de temas muy diferentes. Recuerdo que alguien famoso, famoso de entre las filas, si no hasta recordaría el nombre... dijo alguna vez que tener la mente abierta llevaba consigo un enorme inconveniente: todo mundo quiere meter ideas en ella. No lo se de cierto.

   Salir de entre las masas del transporte suburbano y ver la foto de Fuentes junto a otra publicación que muestra a una edecán argentina desnuda y sacando la cola. Algo macabro se gesta en esta ciudad. Todos los días. A cada rato. Meses de muertes. Y el sentimiento de que nos abandonan los mejores hombres. No quiero enumerarlos. No quiero enunciarlos. Nos abandonan desde todas las trincheras. Es curioso como se siente completamente diferente leer a autores muertos porque al terminar siempre tengo esa sensación de haber hablado con un fantasma. Y quizá sea justo eso. Y el hecho de que entré al café de siempre a leer el periódico pero en mi lugar habitual alguien casualmente había dejado el Reforma del día anterior. Suceso que me permitió enterarme que Fuentes escribió su última columna todavía publicada en ese diario el día de ayer.

   ¿A dónde van los pinches muertos? No los 49 del otro día. En general. Y en general este. Todavía tengo una foto suya en el cuarto de mi casa, hace mucho que no voy. Quizá debería quitarla, archivarla. Un amigo se quedó con mi único libro autografiado por él, La región más transparte edición de los setentas. Quizá debería reclamarlo. Subastarlo o algo. Por cierto que alguna vez también de hecho jugué con la idea de llamar a mi hijo Ixca. Es como cuando EPN en la FIL nombra esa novela donde el protagonista es él mismo, y están él y todos sus amigos... ese chamaco imberbe y todavía comete la desfachatez de afirmar que el autor de la novela es otro. Yo no se a estas alturas quién inventó a quién. Si el autor inventó a sus personajes o los personajes se niegan a reconocer que tienen autor. Son temas muy delicados y si no se tratan con el debido respeto uno podría caer en el error de pensar que se hace Fan Fiction. Porque ya nadie podría preguntarle a Carlos si cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y viene a la mente Roque Dalton a propósito de las muertes. Es una de las cosas mas serias... eso. Eso de darse cuenta de que alrededor tuyo las personas comienzan a morir. Y yo no puedo evitar escuchar la voz de Steve Jobs preguntando... ¿Si es tu último día de vida de verdad querrías tomar ese puto camión y luego el tren y transbordar otras dos veces para llegar tarde a un trabajo que ni disfrutas? No realmente. No. Y en medio de todo el caos todavía hay quien afirma que el arte proviene del vientre de una sociedad rota... o sea como esta. Pero que preferirían, así de cuates, no tener nada de qué hablar. Suena suficientemente razonable, te lo creería de cualquier persona... pero es casi impropio que la frase provenga de un artista. Es quizá el tiempo transcurrido entre la ya tan lejana noche navegable y su más próximo arrecife. No es que sea políticamente incorrecto. Es una grosería.

5 de mayo


   Las mañanas solitarias en la habitación que compartiste el verano del 2002 en Vallarta. Las ideas de canciones que esbozaste en servilletas y grabarías hasta el siguiente verano, después de un viaje introspectivo e inesperado hacia el sur de la república.

   Asi. Y casi tan lleno de mañanas tristes como hace diez años. La humedad y el olor particular cuando el sol se asomaba. El contraste con el sol rojizo de las tardes en que regresas y pasas frente a la terminal de camiones. En esta ciudad que huele a excremento. El camino tantas veces recorrido. Tus medias tardes leyendo periódicos en algún café barato del centro de la ciudad con la esperanza de que esta vez tu guitarra realmente tenga el timbre que por tanto tiempo has estado buscando... pero secretamente aceptar que la squier tele de segunda mano que compraste a precio de ganga en tasqueña y luego reparaste por menos de trescientos pesos sigue siendo la que reproduce mejor los sonidos que imaginas.

   Los años perdidos. Nunca cayendo en la trampa de salir en busca de ese tiempo perdido. El camino empedrado que lleva al número setenta y siete de la calle de Espíritu Santo. Donde a veces por las noches te acosaban pesadillas. Sueños que a nadie nunca le has contado. Sueños en los que descubres, al lavarte los dientes, que tu reflejo está ausente mientras intentas verte desesperado en el espejo y entonces despiertas aterrado. Sueños que ya no tienes tras tu última operación. Y aquél cuatro de julio en Atlanta cuando descubriste las maravillas de la hormona de tiroides disecada y pudiste finalmente disfrutar del gran desfile, juegos pirotécnicos, aviones, todo. Después de el gran esfuerzo, lo habías conseguido. Si Villoro tiene una historia donde admite haber crecido en una colonia donde el éxito consiste en precisamente salir de ahí... tu en ese momento medías enormemente el éxito en la capacidad de salir de una región un tanto más grande: el país. El tercer mundo. Pero poco te imaginaste que al día siguiente estarías ya haciendo planes para tu regreso a la Ciudad de México. Y después... las horas largas y solitarias en tu cuarto haciendo ejercicios con tu pierna en recuperación. Los primeros días en Espíritu Santo, en que te levantabas para trabajar hasta Toluca cuando todavía no podías caminar del todo bien, levantarte en la mañana trasnochado, salir del baño y secarte con un sweater porque no tenías toalla. Hacer como que trabajabas y llegar a la casa a las diez, encontrar la casa hecha un desmadre, servirte una copa y tragarla de fondo para después practicar con aquél francés que te enseñó las reglas del blues... reglas que inmediatamente apropiaste y aún te acompañan en todas tus sesiones. Como dije, encontrar la cocina hecha un desmadre y ese pinche francés fumando y tocando "Blackbird". No tenías dinero ni para una comida corrida. Un año después sentir que es otra vez tu camino y tu tiempo. A poco de romper el récord de no actividad creativa retomas el camino. Las horas perdidas en tus desplazamientos inútiles casa/oficina. El día en que sin querer algún vendedor con radio en la mochila tocó una canción que se quedó en tu cabeza aún cuando él ya había descnedido y sin querer hacías el ritmo con tus manos y la muchacha de frente de ti comenzó a titubear la melodía. Y la volteaste a ver como si te hubiera leído el pensamiento. Te sontrió. Fue un momento realmente íntimo entre ustedes. Y te acordaste de la anécdota de Paul Auster cuando a sus veinticuatro años sin querer le platica a una prostituta con la que recién se acostó, que él se dedica a escribir poesía y en vez de mirarlo con despecho, ella comenzó a recitarle Baudellaire de memoria. Tu cuaderno de espiral a manera de log donde registras los sucesos de los días, aquél que ni siquiera te molestas en esconder en la oficina y que está al alcance de todas las manos como dirían por ahí.

   Tus tardes de mayo en el patio trasero de la casa donde murió tu abuelo. La casa que solías frecuentar en tu soledad para emborracharte, tocar y antes de perder la conciencia, quedarte dormido abrazando el colchón de tu abuelo. Por fin decidiste ponerle sillas a la mesa, sentarte a leer el periódico y asombrarte con el diario de Kerouac donde afirma que a los 25 años escribía 2500 palabras en una noche. Tratas de pensar cómo se compara eso con lo que puedes hacer tú con un instrumento musical pero es como tratar de comparar peras con manzanas. Sabes que a veces cuando tomas café de la olla, la piensas. Estás consciente de que hay pocas fuentes de inspiración tan eficaces para tí. Temes perder creatividad. Piensas que es ridículo pensar así, pero igual lo piensas. Preparas en la semana tu clase modelo sobre algoritmos que es requisito formal para formar parte del mundo docente, aunque de antemano sabes que ya estás dentro. Compras nuevos libros de ciencia ficción y buscas frenéticamente aquél con el que empezaste la larga travesía, pero no lo encuentras. Ya no se publica. Ya no vende. Y también recuerdas cómo tu último año de carrera los únicos libros que sacaste de la biblioteca fueron de ese tema y no precisamente de algoritmos. Terminas con ganas de olvidar lo acontecido el día anterior en la colonia portales, con ella. Con todas. Realmente te preguntas si el problema no es que te has vuelto total y completamente incapaz de amar. Y dejas que suene el disco. Y dejas que las imágenes de Baraka en tu proyector llenen tus pupilas. Y tratas de seguir respirando porque esa es la persona que tu eres y no puedes ser otra cosa.

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