Y Alberto seguía frente a la tele. Afuera empezó a llover, después arreció, se calmó y finalmente terminó. ¿Se imaginaba que era algún policía de barrio bajo en Escocia o era el libro que leía en la oficina? En realidad le daba lo mismo. Pero ya sabía por qué le sonaba ese nombre. De hecho tenía que ver con una estúpida rivalidad entre dos grafiteros que había leído de pura casualidad en una revista hace meses. Sí era eso y el libro que leía en la oficina. Y por un momento recordó esa fatídica frase: "Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo". Pero no es el caso. No es el caso en absoluto. Nada que ver. Neta nada que ver. Comenzó a reírse. Sin parar. Se escuchó el ruido de unas llaves. Alguien llegó. Se abrió la puerta y entró Irvin.
-Qué tal Al, ¿cómo estás?
-Bien...do ¿la tele?
Irvin lo miró pensativo, le pasó el control remoto, abrió mucho los ojos y dijo:
Voltear y no ver a nadie. Seguir como siempre, sin saber exactamente cómo ni por qué. Y hace mucho que dejaste de preguntarte por qué. Y afuera llueve como ayer. Y piensas que en realidad tal vez no quedará nada de ti cuando no estés. Pero tal vez sí.
Y te mojas y brincas charcos y todo aprece frente a ti como en cámara lenta. Y sabes que en un día como hoy hace muchos años te deshiciste la pierna. Eras un niño, pero lo recuerdas. Lo sabes porque cuando te operaron un año después, el cirujano te recordó que él cumplía años un dieciséis de julio. Y sabes que hoy no tuvo nada de especial, solo el hecho de que hubieras preferido no levantarte de la cama. Y el hecho de que se te mojaron los calcetines brincando charcos en la calle y sin paraguas. Y el hecho de que te preguntabas si dejarás al menos unas rolas antes de estirar la pata mientras abrías la reja principal de la casa de tus abuelos. Y tu perro salchicha empieza a llorar porque alguien la dejó afuera en el patio trasero y se mojó. Le abres y la secas con una toalla y está que no se la cree de la felicidad. Y te preguntas cuánto tiempo estuvo afuera. Pero no es eso lo que importa. Sino que por un momento recuerdas cómo te sentiste saliendo de un fraccionamiento en provincia aquella noche, cuando todo parecía caer en su lugar y no había ningún otro lugar donde quisieras estar y quizá por un momento supiste que ella no te pertenecía y que nunca lo haría, pero estaba. Y a veces eso basta. Eso fue condición suficiente porque igual pisaste el acelerador, bajaste el vidrio, le subiste al radio y cantaste a grito pelado porque para ser honestos en los últimos años... haciendo cuentas... entre madrazos, uno que otro fierro, silla de ruedas y transtornos hormonales ... esto era lo mejor que te había pasado. Y de pronto fue como si alcanzaras a robarle algo a ella que estaba sentada en el asiento de copiloto. Puedes ver la película pasar en tu cabeza. Y te quedas con eso. Y lo apropias. Siempre lo evocas con esa canción. Y te preguntas si algún día irás a Japón acompañado. Pero en el fondo sabes que no es así. Que probablemente al día siguiente estarás contigo mismo y nadie más, tendrás la oportunidad de echar el último vistazo a la habitación solitaria antes de cerrar la puerta, así como tantas otras veces lo has hecho.
Cuando despertó la chica de las copias no estaba. Luis fue directamente al baño y llenó la tina. Una vez que el agua rebasó la marca apagó la luz, sumergió completamente su cuerpo y cerró los ojos. Sonaba. Solo sonaban las canciones. Una hora después salió del baño y corrió la cortina de la ventana. La espectacular vista del piso veinte. Puso por un momento su mano sobre el cristal frío. Se abrochaba la camisa y recordó la noche anterior cuando ella le dijo que le gustaba verlo ponerse la camisa. Le hizo falta añadir "frente a la ventana" pensó. Daba gracias a dios por dormir solo. Por estar solo consigo mismo y en paz. Y sus ojos pasaron de los edificios al contorno montañoso, hasta el horizonte; pinches buitres.