octubre 25

   Siempre me he preguntado si el artista sería capaz de armar las piezas de su propia obra con más gracia, facilidad y rapidez. Y pintarme como si pudiera verme desde el exterior. Recordé a Duritz: "Todos los bellos colores son tan, tan significativos." El gris no es mi color favorito. Pintarme a mí mismo fuera de mí, no solamente reflejado en una superficie plana o en una esfera. Y pienso que en realidad me gustaría mucho que empezara a llover. No tanto por ver la lluvia como por escucharla. Trato de no pensar en la condición de adulto contemporáneo y que los autores de mis libros de cabecera solían estar vivos. Y es curioso encontrar nombres de viejos conocidos en revistas de prestigio, no precisamente de ciencia. Y también es curioso, que como dice John Mayer: "Se leen todos los libros pero no pueden encontrar las respuestas".

   Hay veces en las que se me borra la cabeza. Es algo parecido a oprimir el botón de suprimir y olvidar completamente lo que estaba antes. Las manecillas me aplastan. Debería dejar de mirar el reloj compulsivamente. Alguien alguna vez me dijo que la única manera de engañar al tiempo era sentarse y esperar a que el tiempo se aburriera y se fuera. Algo así. Será que ese recuerdo también lo he suprimido. La verdad no lo recuerdo. ¿Lo ves? Quizá tenga que ver con la comunicación interneuronal. Mi sistema nervioso no es óptimo. No. Quizá estén sucediendo cosas extrañas en el espacio sináptico. "Espacio sináptico". ¿Eso es tautología? Suena como si se transgrediera alguna regla. No recuerdo cuál.  De cualquier manera, todavía faltan muchas cosas por definir, otras cosas por organizar y muchas otras por poner en su debido lugar. Eso... eso me parece que más bien es taxonomía.

Rompecabezas de 1000 piezas de Escher

octubre 12

   El otro día me senté en la barra del café a repasarlo. Ahí estaba Alberto. Me recordó aquél día que me topé con el señor que usaba un as de corazones como separador para leer "La Soledad de Charles Dickens". Yo no comprendí la magnitud del evento en ese momento. Tiempo después, me enteré de que en realidad el libro narra el trágico accidente ferroviario en el que se vio envuelto Dickens mientras viajaba con una amante secreta. El accidente tuvo lugar un nueve de junio. Recordé que ese día es cumpleaños de Alberto. Sólo resta decir que la vida de Dickens posterior al incidente se volvió considerablemente mas interesante que la visita de los fantasmas de las navidades pasadas.

   Además pensaba en Alberto porque lo había visto frecuentando varios cafés en las últimas semanas. A veces traía sus cuadernos de notas, hoy no. La voz de Dave Grohl en las bocinas. Y yo me preguntaba si alguien se está llevando lo mejor de mí. Pero no es el caso. No lo es. Todavía fantaseo con leer libros de fantasía. Alberto me contó que a la chica que atiende en los helados le gusta leer libros fantásticos. Creo que más bien él es el que fantasea con ella. Hasta me platicó que le preguntó si no hablaba consigo mismo. A lo que él había respondido: "¿En voz alta?". En fin que le recomendé prestarle uno de sus muchos libros de fantasía. Eso fue antes de que bajara al antecomedor y me topara con un artículo en la sección infantil del periódico que hablaba acerca de Ray Bradbury, de sus fantasías y de la importancia de leer. Y entonces recordé que Alberto me dijo que la esposa de Ray era una bibliotecaria, que se habían conocido ahí, en una biblioteca. Yo me la imaginé de espaldas. También me la imaginé de frente. Hasta pude imaginármela de perfil y todas las demás posturas, pero eso sí, siempre con un libro de por medio. Sí, hubiera sido chusco imaginármela sin el libro, podía no tener ropa, pero el libro era indispensable. Ray y sus fetiches.

   A propósito de fantasías, Alberto me contó la suya. Se sentó en el banco al lado mío, frente a la barra, tomó su vaso y me dijo:
-Un día voy a entrar a un café y ella estará del otro lado del mostrador y todo será perfecto.
 Yo lo miré fijamente y le dije:
- ¿Qué no pensabas poner tu propio café?
-Desde luego. Y así es, ella tendrá que venir a trabajar conmigo.
   Terminé mi café y me dirigí a la caja, le di cuarenta pesos a la señorita. No debió tener mas de veintiún años. Pero después de lo que dijo Alberto, no pude evitar pensar cómo sería tenerla trabajando en mi propia cafetería.

octubre 4

   Mientras Luis hacía sus flexiones rutinarias sobre la colchoneta recordaba. El tiempo es una de esas cosas que crees que posees, hasta que miras el reloj o ves el calendario. Así se pasaron los días. Cuatro de octubre. Hoy es el cumpleaños de alguien. Sí, pero vamos Luis, siempre es cumpleaños de alguien. Claro. Y mientras se flexionaba, pensaba en lo lejos que se encontraba ahora de las horas en los vagones, de las horas nalga, de los cuadernos con notas personales que escribía sin parar en la oficina. Tan lejos de aguardar secretamente la hora en que pudiera masturbarse en el baño sin pudor, así como también lejos de las otras veces. Veces en que apenas le alcanzaban los ánimos para cerrar la puerta del baño de la oficina y tomar un papel para secarse las lágrimas. Pena silenciosa. Siempre igual. Firme en el espejo. Estigma descalificable.

   Una de las mejores decisiones. Ah, decisiones. No podría decir nunca que fue tiempo perdido. En horas laborales escribió un cuaderno completo, casi dos, de notas personales... leyó tres libros electrónicos, logró establecer contacto por chat con compañeros que creía perdidos, no entregó ningún pendiente para su jefa directa en lo que iba del año. Pero eso sí, leía el periódico todos los días, también en horas laborales. En ese mismo tiempo había logrado componer y armar casi seis canciones, claro, ya los fines de semana. Eso, desde luego, sin contar sus interminables caminatas y el tiempo que le tomaba entregarse regularmente a su onanismo en el baño de la oficina. En realidad a su partida, sí le sorprendió que no le pidieran hacer un respaldo de los archivos de su máquina. Pero luego recordó que su diario personal siempre estuvo al alcance de todas las manos y nunca desapareció. También pensó que nadie querría leer a Welsh o Bukowski. Al menos no en formatos digitales. Y supuso asímismo que habría poco interés en leer a Mujeres que corren con lobos, o El proceso creativo, un simposio. Este último, una recopilación de cartas personales de Freud, Jung, Einstein, Mozart, Shakespeare, Van Gogh, etc... sobre el proceso creativo. La verdad, tampoco esperaba que le pidieran tanto, solo una copia de sus archivos diarios de operación. Pero ni eso había sucedido, era extraño. Sí, lo era, pero había resistido. Y lo había hecho bien. Ahora con el dinero ahorrado por fin tenía la posibilidad de abrir su propio negocio.

   Una chica se acercó y comenzó a hacer ejercicios sobre la pelota al lado de Luis. La miró de reojo. Ella lo miró de reojo. "Muy chava" pensó. Continuó con sus flexiones y ella continuó con sus ejercicios. Sus ojos se volvieron a encontrar. Ella se levantó muy lentamente, presumiendo sus curvas. No satisfecha con eso todavía se agachó y se acomodó descaradamente sus licras a literalmente centímetros de la cara de Luis, quien todavía se encontraba sobre la colchoneta en posición de flexiones abdominales. A Luis se le salieron los ojos. ¿Eso es legal? Digo, ¿ya no hay reglas? En fin, a pesar de todo, Luis continuó con su rutina pensando en que pronto terminaría otro año. Hay una fatídica frase de un personaje de un libro de Fuentes que afirma tener muchas obligaciones y poco destino. ¿Luis Nahdalgo? Caso contrario. Tal vez lo único que hace falta es ser joven e irreverente. Eso es. Y es que Luis sigue siendo irreverente, aunque dudo que tan joven.