25 marzo

   Jaime Restrepo se inclinó en la silla para acercarse a su interlocutor al responder la pregunta.
-Y es justo cuando crees que se te han agotado las ideas cuando de pronto encuentras no solo una, sino varias.
-¿Llevas a cabo algún ritual cuando te encuentras en etapa de bloqueo?
-No tengo un método particular para resolver ese problema en específico. No estoy seguro de que problema sea la palabra correcta, me gusta pensar que es un estado mental.
-¿Supongo entonces que los rituales no tienen nada que ver en el proceso creativo?
-El proceso creativo existe por sí mismo. No debe confundirse con la persona que lo lleva a cabo. La persona puede estar atravesando una crisis o estar en una catársis. Lo que trato de decir es que el proceso creativo existe independientemente del creador.
-Sí claro -Dijo el entrevistador. -Pero ¿Estás consciente de que el proceso creativo existe primero y antes que nada en la mente del creador, quien hace posible que otros contemplen lo que él describe y tan nitidamente vislumbra desde su rincón creativo?
-Tienes razón y no a la vez. Te voy a decir por qué. El acto creativo y el sujeto creativo comparten únicamente ese instante, quizá el mas importante. Esto es, su creación. Más allá de eso cada uno se separa. Y es por eso que no creo en rituales para vencer ningún tipo de bloqueo. Lo que trato de explicar es que el creador, en cuanto sujeto, no está seguro y no puede saber si es él mismo quien contempla o si por unos minutos le roba el punto de vista a una tercera persona para mostrárnoslo.
-JAJAJA. Sí claro. Desde luego. Efectivamente Jaime. Gracias por acceder a esta entrevista eh.

   Se que Jaime es un fantoche, pero de alguna manera hoy que me sentí fastidiado en la oficina no pude sino pensar en que tal vez estaba en lo cierto. A veces cuando las cosas alcanzan cierto grado de insatisfacción y uno puede percibir la frustración elevándose, me gusta salir a despejarme. Esta semana las dos ocasiones que intenté eso tuvieron desenlaces totalmente inesperados e inexplicablemente placenteros. El primero me reunió con una persona con quien no tenía contacto hacía más de cinco años al colocarnos consecutivamente en la fila de espera en un café. El otro, igualmente fortuito, me colocó a la misma hora en el mismo vagón que un excompañero y compañero de fiestas una hora antes de mi hora habitual de salida de la oficina. Y uno no puede sino preguntarse si existen reglas que secretamente gobiernan eso: el azar. Pero luego intuyo que el azar es una regla en sí mismo, como la relación dialéctica entre sujeto y acto creativo.

   Y apagué el radio justo cuando Gustavo terminaba de decir esa frase: "Providencia puede ser azar, donde estemos juntos será nuestro hogar."

marzo 18

Carla

   Sus movimientos son suaves y precisos. Alberto la sigue con la mirada. Ella se lo roba todo. Él ya no se acuerda de que alguna vez ella se sentó a su lado un año completo en secundaria. Tampoco recuerda que por casualidad se la había encontrado en unas paradisiacas vacaciones en Cancún. Y que esa Navidad coincidió que sus familias decidieron entrar al cine y ver la misma película. No.

   Hoy, por casualidad, él es un espectador mas en la Sala Miguel Covarrubias y se presenta el taller coreográfico de la unam. Dieciocho de marzo a mediodía. Caray. Ella se roba el escenario. Alberto contempla los sutiles movimientos de Carla en el escenario cual patito feo. Y no piensa en aquélla remota noche, cuando a sus catorce años le confesó que le gustaba y ella solo lo evadía indiferente.

   Carla. Su cuerpo está en completo balance con la música y presume una enorme sonrisa. Y entonces Alberto lo comprende. Ella es irremplazable. Así ha sido siempre Y así lo será. Nadie puede tomar su lugar en ese escenario ni en ningún otro. Si Alberto renunciara el mismo lunes a su trabajo, algún oficinista de traje gris ocuparía su lugar dentro de ocho días o menos. Es así. Lo sabe. Así que Alberto contempla extasiado el equilibrio perfecto de las extremidades de Carla, la fuerza de sus muslos. La música inunda la sala. Pero él está absorto. Y para él solo existe el momento presente. Y todo pareciera tener sentido. Un sentido que se le escapa en pisos de elevadores, en vagones de trenes a ninguna parte, en cenas y comidas insípidas, en conversaciones imaginarias, en orgasmos desabridos, en días tras días tras de sí marcados con cruces en el calendario.

   Carla se eleva, gira, alza los brazos, se flexiona, gesticula, vive. Ella irradia vida. Ella desborda vida. Alberto contempla, aprecia. En realidad él no sabe quién es esa persona que se roba toda su atención. No lo recuerda pero tampoco sabe, los años no pasan en valde. Sólo contempla. Ni se imagina tampoco cómo sería estar entre sus piernas, secreto quizá revelado a alguno de sus mejores amigos en otros tiempos. Tiempos que no son. Tiempos que fueron. De cualquier manera intuye que nadie podría llegar a tener un momento más íntimo como ellos dos... cuando Carla terminaba la segunda escena y la música sonaba, las luces se posaron en el público por un instante, precisamente cuando ella alcanzó a voltear y sus ojos se encontraron con los de Alberto y entonces se reconocieron y los dos pensaron que el mundo se había detenido al menos por un segundo.

   Sí, ella estropeó esa función. Se paralizó por ese segundo pero solo eso bastó para que otro torpe artista tropezara y la escena se derrumbara. Carla no había fallado ninguna represantación en su vida. Había estudiado Ballet en Europa con los mejores y jamás le había pasado eso. Eso me lo platicó Alberto. Dice que le consta.

   En fin que hoy, como cualquier otro domingo, yo estuve grabando canciones en mi casa desde las nueve de la mañana que me levanté. De hecho hice eso todo el día, me consta. Decidí hacer eso y no acompañar a Alberto al centro cultural universitario porque en el fondo lo se. Se que cuando me siento a hacer una grabación... me vuelvo, sin querer, irreemplazable. Y a veces no existe ningún otro lugar donde quisiera yo estar.

marzo 11

   El ascensor se detuvo sin darme cuenta en ese piso. La verdad es que el fin de semana apenas se dejó sentir.

marzo 6

   Su invitación se dirigía a sí mismo con el prefijo que suele anteceder a los ingenieros. No le sorprendió, a decir verdad le era indiferente. La fecha llegó mas pronto de lo planeado, demasiado. La última vez que se apareció en ese pueblo acababa de cumplir diecisiete años, el tren con dirección a Chihuahua todavía pasaba por ahí. Lo recuerda porque precisamente iba con Felipe en ese tren. Lo recuerda porque fue la primera y última vez que tomó pulque. Lo recuerda también porque puso una moneda de un peso debajo de las ruedas y esperó a que el tren lo aplastara.

   Esa noche ahí fue la primera gran pacheca juntos y con la libertad de estar a kilómetros de casa. ¡Cómo había cambiado ese pueblo! Contemplaba la pared blanca mientras se pasaba la mano por la barba de una semana. Cómo había cambiado su cuerpo. Todo lo demás seguía igual. Y pensaba en los momentos del día. En su compañero. En aquél personaje del que tanto había aprendido. Y recordaba la primera vez que fumaron un cigarro juntos, en primaria, a escondidas detrás de su colonia. Y recordó cuando Felipe le enseñó a tejer pulseras con hilo vela amarrándolas a la cortina de su cuarto. Ahí estaba él, en una ceremonia tan solemne. El mismo que en las fiestas de primaria discutía con todos porque las cosas debían ser como él decía, la mayoría del tiempo tenía razón. El mismo con quien años después compartió las primeras pedas, escuchando a Soda, Robert Smith, Thom Yorke, Adam Duritz. Nunca se imaginó regresar a ese pueblo, catorce años después, con la impresión de haber estado ahí ayer y de alguna manera sintiéndose tan parecido. Son uno de esos lugares que nunca pensó agendar y que no tenía pensado visitar.

   Pensándolo bien, con esta última vez, solo había estado ahí dos veces en su vida. Y sí que ha sido una vida larga. Se vive y se vive dice Gustavo. Y Ana insiste en que tiene miedo de envejecer en la nieve. Yo pienso que no es tanto eso, sino el día a día lo que agota. Como la semana pasada en que observaba unas plantas tan bonitas al otro lado de la acera. Y cuando me acerqué a tocarlas pude arrancar con facilidad una parte del armado. Eran plantas de plástico. No se exactamente que sentí. Creo que nada. Plantas de plástico. Suena a canción. Pero es verdad, esas plantas no eran de verdad, solo parecían y sabían como la cosa real. Y eso,en realidad eso, cansa.