Tuve que tirar ese par de alas que me regalaste. Se que te partió el corazón encontrarlas en la basura, pero creo que la
última vez que platicamos omití contarte de las pequeñas restricciones que enfrentaba con aquél equipo. Ahora que lo
pienso, en realidad nunca te platiqué porque sabía que las considerarías insignificantes. El detalle lo es todo cuando las
alas se pulverizan a determinada altura dejándome indefenso a las desgarradoras fuerzas del viento, lo sabrás tú. No, no
voy a presumirte mi nuevo equipo. Sí, es considerablemente más pesado pero creo que con un buen impulso bien podría tomar
vuelo. Insistes en que el problema no es tanto el equipo como no perder de vista que uno puede estrellarse inesperadamente
con algo en el aire. No perderlo de vista. No perder la vista. Entiendo que nadie puede extrañar algo que no conoce, pero
al menos antes entendía que nada me pertenece. Y tenía claro que sólo la había tomado prestada por un rato. Devolver un
equipo de segunda mano en condiciones inservibles no es mi vocación, lo sabes. Pero tampoco soy reparador de turbinas, de
pinches alas rotas o amores de segunda mano. El taller de reparaciones es de las partes más desagradables de la factoría
humana. Tengo que dejar de liberar mariposas que encuentro atrapadas estrellándose contra el cristal porque la factura es
incobrable. Tengo que dejar de esperar a que alguien haga por mí lo que hice ese día por aquélla mariposa. Tenías que
volverte polvo cósmico para que yo pudiera entender que todo es cierto. Bien pudo haber sido cualquier otra quien
viera a través de mí cualquier otra tarde noche, cuando no me sentía ni más lleno ni más vacío, pero no. Y ella me miró de vuelta. Me mira a los ojos y contempla mi
vulnerabilidad como lo que es. Entonces jugué a hacerla sentir una mujer amada, porque intuía que hacía tiempo ya que no
era tampoco una mujer deseada. Y a veces me pregunto si sigo siendo yo. Sé que nunca lo comprenderás. No estoy justificando nada. No estaba buscando el
afecto ni la aprobación de nadie. No estaba buscando, esa es la realidad y la ironía de encontrar. Pudiste haber sido
menos tajante y no hacerme entender tu última lección a la fuerza. Pudiste haberte tomado el tiempo, pero no lo hiciste, fue justo una semana después. Y tu
partida me hizo entender algo que no había querido ver nunca; la razón por la que estoy aquí trasciende mi propia
consciencia... porque se funde con la tuya. Fue algo que no comprendí cuando bajé de Bishop Briggs una mañana fría, gris y lluviosa en busca de tu casa.
En busca de la mía. Casi como poner una absurda canción de caballería sobre la lápida de una tumba y esperar a que se
levante para comprender que es un chiste. Limpiar la casa. Tampoco me bastó pensar en bailes cósmicos todos los días al lado del volcán
para entender lo que estaba buscando porque la respuesta es demasiado simple y se me escapa, pero le da razón y sentido a toda la existencia. Tenías razón. Y si tengo
suerte podría pasar toda la noche ahí, pero al final siempre tendrás razón. Nada como una bofetada de polvo cósmico precisamente siete días después para
entenderlo: La noche llegará a su fin y yo me quedo sin nada. Pero el amor es infinito, palabras mayores, punto y aparte,
sus líneas siempre quedan... y trascienden en toda su descendencia que camina y caminará sobre la desgastada tierra de este olvidado planeta.