Estimada Priscila:
Siempre me han parecido inapropiados los discursos donde se comienza por enumerar las cosas que ya no se piensan o que ya no son. En ese sentido es por eso que te escribo. Te escribo porque de pronto me invadieron unas ganas enormes de contarte cosas. Como bien comprenderás, tampoco encontré otro medio para hacértelas saber.
Antes de que cierre el año, déjame empezar por confesarte que este 2012 lo comencé borracho y solo en la sala de mi departamento, no esperaba absolutamente nada de él. Es quizá por eso que el año fue particularmente amable conmigo, aunque no con mis autores de cabecera; todos ellos muertos.
Me apena mucho haber tenido semejante desencuentro, en ideas, en plan de vida y en todo lo demás. Me hubiera gustado tomar tus lentes y ayudarte a desempañarlos, limpiarlos bien y acomodártelos mejor sobre tus hermosos ojos.
Se que durante mucho tiempo esperaste una disculpa que nunca llegó de la manera en que hubieras querido. Sólo quiero que sepas que así como tú esperabas eso... Yo también esperaba cosas. No es el momento ni sería correcto enunciarlas. Ha habido un desfase temporal, se nos han impuesto los días entre nosotros. Además, debo confesar que mucho me temo que la lista de cosas de la que anteriormente te hablaba, devenga infinitamente larga. En cambio, déjame platicarte que guardo el recuerdo de la ocasión en que me dijiste que tenía una asombrosa capacidad para cambiar y que estabas orgullosa de mí. Lo recuerdo no tanto por atinado como por sincero. Y porque llevo mucho tiempo cultivando mi propio jardín, casi como para olvidar lo que es que a uno le regalen flores.
Me despido dándote mis más sinceras disculpas y te deseo siempre lo mejor. Este año ha sido increíblemente generoso conmigo, me ha dado y (lo que es más importante) quitado lo que ya no necesitaba. Espero puedas decir lo mismo. Como te imaginarás, me encuentro lejos aún de formar un patrimonio propio y de sentar cabeza o de formar una familia. Solo resta decir que mi compromiso con la humanidad y todos los incomunicables dentro de mi cabeza siempre ha tenido mas peso. "Hombre soy, nada humano me es ajeno." Eso ya lo sabías, aunque quizá no lo hubieras comprendido. Es la especie. Es la especie la que nos une.
Sin más,
Alberto.