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septiembre 25

   No podía tolerarlo más. Ella debió reventar primero, no se por qué no lo hizo. Sería justo decir que él simplemente estaba cansado de ver otros traseros. Así fue como decidió invertir en una cirugía estética. Después de mucho tiempo de investigación se topó con un doctor que los convenció a ambos de que ella era la candidata ideal para este innovador procedimiento. Ambos estaban realmente emocionados, les explicaron que el proceso consistía en extirpar tejido adiposo de zonas no deseadas y reinsertarlo en los glúteos, por capas, empezando por una muy profunda para evitar así su reabsorción. Él nunca hubiera pensado que la grasa estuviese viva y pudiera morir. Ahora que lo pensaba sonaba algo plano y hueco, pero no tan plano como los glúteos de ella antes de la operación y nunca tan hueco como su corazón ante tales hechos.

  1600 centímetros cúbicos. Eso fue lo que le comentó el doctor cuando ella salía de la sala de operaciones.
- ¿800cms en cada glúteo doctor? ¡Por dios! ¿No es demasiado?
- No tuvimos problemas en extraer tal cantidad, no queríamos que se desperdiciara.
   Ese mismo día la dieron de alta. En su casa, él cuidó de ella durante las primeras semanas, le prohibía sentarse, realizar movimientos bruscos y la obligaba a dormirse boca abajo. Durante esos días, él tenía sueños en los que despertaba y volvía a ver a su pareja de nalgas planas. A veces despertaba aterrado. Otras veces soñaba que regresaba a sus días de primaria, pero que ella era una alumna ahí y lo tomaba de la mano, eso hasta que todos veían sus nalgas planas y se reían de ellos. Entonces volvía a despertar para descubrir que solo era una pesadilla.

   Transcurrieron cuatro semanas y las cosas empezaban a volver a la normalidad. Él tuvo la iniciativa de proponerle invitarla a cenar y luego una noche a bailar para celebrar que todo había salido mejor de lo que ambos esperaban. Hicieron planes para el fin de semana, lo que le daría a ella tiempo de ir de compras y escoger nueva ropa para lucir su voluptuoso trasero.

   Ella nunca imaginó que ir de compras por un vestido y un par de jeans pudiera ser una experiencia tan agradable. Nunca se había probado tanta ropa que le quedara tan bien. Las asistentes de la tienda la miraban con envidia y además se llevó más prendas de las que originalmente pensaba comprar.


Foto de Linda antes de entrar al antro
Look pos-quirúrgico
    Ese mismo día, después de una excelente cena decidieron darse una vuelta a uno de los antros de la zona. Miembros del personal del club notaron a su acompañante desde que llegó. Entre copas y zapatazos se pasaban las horas. Ella bailaba con más de uno a la vez. De pronto comenzó a sentirse mareada. Él quiso preguntar qué sucedía. Las luces parecían haberle calentado la cabeza. Uno de los meseros le trajo su última margarita y después sostuvo en sus manos un removedor particularmente largo y puntiagudo. Ella continuaba bailando. Entonces se esuchó un estruendoso BANG. El mesero había pinchado uno de los glúteos. Ella se espantó, pues al colocar una mano atrás no pudo sentir nada. Luego notó que por todos lados había pedazos pequeños de su propia grasa, sobre las mesas, en el piso. Entonces trató desesperadamente de rellenar su trasero desinflado. Fue cuando vio al mesero. También tenía pedazos de grasa sobre su cara y boca. De hecho el mesero alcanzó a lamerse un poco de entre sus labios mientras le daba una mirada lasciva. Ella no pudo contenerse y gritó, se volvió hacia la salida y trató de correr, pero el mesero la alcanzó y le pinchó el otro glúteo con un movimiento rápido y preciso. BANG.

  Roberto miraba aterrado cómo el horno de microondas lucía quemado después de la explosión. Se había olvidado de quitarle la cuchara a la comida. ¿Cómo pudo ser tan descuidado? ¿En qué putas pensaba? Carajo pues. Y volteó a ver a Lisa, pero ella estaba afuera todavía colgando la ropa, estiraba las manos y hacía otros movimientos graciosos mientras tendía las camisas. Se agachó, sus glúteos eran notablemente horizontales.

enero 22

   El búho lo despertó. Pensó que lo llamaba por su nombre. Entrar a ese taller escondido de primer piso en la calle del centro histórico buscando al maestro y encontrar al hijo imbécil a cambio. Escucharlo decir tonterías mientras examinaba su guitarra. Roberto solo miraba las fotos del maestro en el cuarto. El espacio tapizado con fotos de artistas famosos y una versión más joven del maestro, sin canas y con la misma mala cara con que le atendía. McCartney, VanHalen, Malmsteen, Slash, el que quieras, eso sí nada de Daniela Romo ni Sergio Andrade. Roberto sospechaba que la habilidad del maestro era escasa y se basaba más en esas fotos que en otra cosa. En ese momento el hijo del maestro terminó de colocar la cuerda a su guitarra y se preparaba para probarla. Sonó el celular de Roberto, colgó para concentrarse mejor en la prueba de sonido. El hijo del maestro golpeaba la cuerda, pero esta no vibraba. Inmediatamente se le soltó la lengua indicando que el problema podía ser la maquinaria, o bien el jack. Roberto se acercó a su guitarra y con un desarmador ajustó la altura de las pastillas. Todas ellas pegaban con la cuerda y le impedía vibrar. Se preguntó si el hijo del maestro no era el resultado fortuito del efecto degenerativo y hereditario producido por quizá un millón de drogas ingeridas por sus progenitores… durante su vida o simplemente el consumo materno de varias sustancias ilícitas durante el periodo de gestación. Ese pinche ácido fólico. Ayudantes que tosían de todo; cuando alguien llegaba, cuando alguien salía, antes de hablar, guardando silencio. Era molesto. Desconfiaba de la gente con demasiada personalidad gutural. No estuvo mucho tiempo ahí.

   Comer en un café sobre la calle de Bolívar esquina Regina. Roberto encontró demasiadas similitudes entre las relaciones del protagonista del libro de cuentos que leía y las mujeres de su vida. En especial en cuanto a los reclamos se refería. Le sonaba familiar. Incluso creyó escuchar a su propia madre. Se rio solo un rato. En la noche compartió unas copas con amigos que hace tiempo no frecuentaba. Y contempló mucho tiempo la banda que tocó de ocho a diez de la noche, no tanto porque tocaran bien. Tomó ininterrumpidamente durante toda su estancia, a lo que la gente podría llamar una velocidad constante. Mientras hacía esto pensaba en ahorrar dinero y dedicarse un año a vive de la música. Gente se paraba, gente se sentaba. Reía, aguardaba, se olvidaba del estado de sus finanzas personales. Alguien le hizo el comentario de que se veía mucho mejor, Roberto pensó que quizás era cierto. Otra persona le preguntó si se había operado las pompas, no supo si hablaba en serio o fue broma. Conforme la noche avanzaba, el espacio interpersonal empequeñecía, la gente se le acercaba y le hablaba al oído. Gente iba. Venía. Ella llegó, no platicaron demasiado, dejó que la noche fluyera naturalmente. Y ella le preguntaba si venía con alguien. Roberto no es un premio por el que hay que competir para ir a algún lugar después. Y cuando sintió presión por todos lados y por más de una persona…temiendo no poder quedar bien con ninguna, hizo lo de siempre: dijo que iba al baño pero salió del bar, se echó un hotdog y caminó a su coche. Recibió varios mensajes instantáneos y una llamada, pero igual se fue directo a su casa, le mintió descaradamente a un alcoholímetro y se fue a dormir.

   Roberto lee en silencio en el patio trasero mientras su gato intenta cazar una mariposa inútilmente. Hoy Roberto pensaba que es natural que se retraiga siempre. Roberto es una personalidad tipo cinco según el eneagrama. Según el eneagrama, eso no justifica nada, solo corrobora lo que ya se sabe.

MC Escher