octubre 12

   El otro día me senté en la barra del café a repasarlo. Ahí estaba Alberto. Me recordó aquél día que me topé con el señor que usaba un as de corazones como separador para leer "La Soledad de Charles Dickens". Yo no comprendí la magnitud del evento en ese momento. Tiempo después, me enteré de que en realidad el libro narra el trágico accidente ferroviario en el que se vio envuelto Dickens mientras viajaba con una amante secreta. El accidente tuvo lugar un nueve de junio. Recordé que ese día es cumpleaños de Alberto. Sólo resta decir que la vida de Dickens posterior al incidente se volvió considerablemente mas interesante que la visita de los fantasmas de las navidades pasadas.

   Además pensaba en Alberto porque lo había visto frecuentando varios cafés en las últimas semanas. A veces traía sus cuadernos de notas, hoy no. La voz de Dave Grohl en las bocinas. Y yo me preguntaba si alguien se está llevando lo mejor de mí. Pero no es el caso. No lo es. Todavía fantaseo con leer libros de fantasía. Alberto me contó que a la chica que atiende en los helados le gusta leer libros fantásticos. Creo que más bien él es el que fantasea con ella. Hasta me platicó que le preguntó si no hablaba consigo mismo. A lo que él había respondido: "¿En voz alta?". En fin que le recomendé prestarle uno de sus muchos libros de fantasía. Eso fue antes de que bajara al antecomedor y me topara con un artículo en la sección infantil del periódico que hablaba acerca de Ray Bradbury, de sus fantasías y de la importancia de leer. Y entonces recordé que Alberto me dijo que la esposa de Ray era una bibliotecaria, que se habían conocido ahí, en una biblioteca. Yo me la imaginé de espaldas. También me la imaginé de frente. Hasta pude imaginármela de perfil y todas las demás posturas, pero eso sí, siempre con un libro de por medio. Sí, hubiera sido chusco imaginármela sin el libro, podía no tener ropa, pero el libro era indispensable. Ray y sus fetiches.

   A propósito de fantasías, Alberto me contó la suya. Se sentó en el banco al lado mío, frente a la barra, tomó su vaso y me dijo:
-Un día voy a entrar a un café y ella estará del otro lado del mostrador y todo será perfecto.
 Yo lo miré fijamente y le dije:
- ¿Qué no pensabas poner tu propio café?
-Desde luego. Y así es, ella tendrá que venir a trabajar conmigo.
   Terminé mi café y me dirigí a la caja, le di cuarenta pesos a la señorita. No debió tener mas de veintiún años. Pero después de lo que dijo Alberto, no pude evitar pensar cómo sería tenerla trabajando en mi propia cafetería.