julio 26

   Todavía no entiendo cómo me convenciste de hacerlo. Sólo lo hiciste y ya. Pensé que lo había escuchado todo, pero no había escuchado nada. Realmente nada. Nada como cuando me arrojaste al agua con aquéllas instrucciones tan precisas. Y dar las primeras brazadas, las segundas y todas las demás. Luego pasó un rato mientras entendía lo que habíamos platicado. El ritmo era perfecto; una respiración cada cuatro brazadas, una cada cuatro tiempos. Y desde entonces mi respiración sigue el inconfundible ritmo de esos compases. De vuelta en el recipiente, sentí cómo el agua entraba por todas partes. Después de algún tiempo logré sincronizarme. Pero pronto me detuve en seco y traté de contener la respiración. Fue entonces cuando comprendí que sería el único que completaría el viaje. Era como te digo porque nadie me estaba esperando. Me concentré nuevamente en contenter la respiración. Por momentos ví la otra orilla. Creí escuchar tu voz. Pensé que me decías que no se me olvidara respirar. Pensé que era tu voz. Permanecí inmóvil. Sentí cómo me hundía. Dejé de contar no porque perdiera la cuenta, sino porque de pronto no entendí el número que seguía. Exhalé lentamente mientras mi cuerpo giraba dentro del agua. Traté de contener la respiración una vez más lo más que pude. Fue cuando me dí cuenta de que no nos volveríamos a ver. Me invadieron unas insoportables ganas de llorar. Patalée y pateé. Entonces alguien sostuvo mi cabeza y me sacó del agua. Eso ni yo me lo esperaba. Y les grité desesperado que yo también había estado allí, pero ya nadie se acordaba. El doctor se me acercó y me preguntó qué pasaba. Entonces estallé en llanto. Alguien me cortó cerca del ombligo. Y después la enfermera me cubrió con una toalla y dijo como mirando a otro lado: "¿Señora, quiere ver a su niño?"