Ya entrada la noche tomó el viejo camino al metro. Se trasladó en subterráneo hasta el centro de la ciudad donde subía deprisa las escaleras mientras esquivaba algunos vagabundos y borrachos. Llegó un poco temprano y tomó asiento en la barra. La luz ténue del interior le hizo sentir que todavía existen lugares acogedores. Antes de pedir un vino, trató de recordar ese que Charles Freck elige la noche en que decide morir, solo por ser un tipo de vino que nunca toma y no por otra cosa.
El lugar estaba casi vacío, no medio vacío. Le recordó la casa, le recordó los días; tan llenos de nada. Cuando le trajeron su copa, lo único que pensó fue que también estaba vacía. Alguien acomodaba cosas sobre el escenario. Antes de terminarse la segunda copa, el cuarteto ya estaba tocando. El día sigue tan lleno de nada y Luis a ratos recuerda las navidades pasadas; un amor eléctrico. Extraña las largas caminatas, los periódicos, las comidas solitarias.
Y mientras aquéllos dedos ágiles se deslizan sobre los trastes de la guitarra pensaba en lo placenteras que solían ser sus comida. Tan largas. Tan solitarias. El sentimiento de culpa por descuidar su relación con la libreta de anotaciones. No es tanto que esas cosas le duelan, es que se notan. Como a quien deja de ir al gimnasio o como a quien deja de tomar sus medicinas. Uno se descuida y se nota enseguida; un error aquí, un error acá, se acumulan lentamente como el cesto de la ropa sucia y de pronto ¡zas!
Las cosas son así. Vacías.
